lunes, 1 de abril de 2013

ARTÍCULO | La muerte de familiares


La muerte de un familiar es una circunstancia que cambia la estructura de la familia y que tiene siempre repercusiones en el niño. La magnitud de estas repercusiones está relacionada con el tipo de vínculo afectivo que une al pequeño con la persona fallecida.

La reacción de los niños ante la muerte difiere de la reacción de los adultos, y también es distinta en función de su edad; por ejemplo, para un niño de cuatro años la muerte es algo reversible, al igual que ocurre en los dibujos animados  mientras que alrededor de los ocho años ya empiezan a verla de forma más parecida a como lo hacemos los adultos.

Ayudar a los niños a expresar los sentimientos de tristeza y no ocultarlos es fundamental para superar la pérdida.

Debido a la naturaleza del ciclo vital, lo más frecuente es que cualquier niño, en algún momento, tenga que enfrentarse al fallecimiento de uno de sus abuelos y que ésta sea su primera aproximación a la muerte.


La muerte de un progenitor o de un hermano

Cuando la persona fallecida es un miembro de la familia más directa, el niño, a parte de tener que enfrentarse a la pena por la pérdida de su padre, madre o hermano, debe adaptarse a los cambios en la estructura familiar.

Es probable que al principio niegue la muerte. Si no se buscan estrategias que ayuden al niño a aceptar esta circunstancia y a elaborar su duelo para hablar de lo que siente, puede padecer desajustes emocionales que se mantendrían incluso en la madurez. Quizá la muerte de un padre o una madre sea el factor de estrés que más impacto tiene en el desarrollo inmediato y a largo plazo del pequeño.

Hay reacciones normales ante la muerte de uno de los progenitores, como pueden ser las conductas agresivas, los reclamos de atención, la irritabilidad, las reacciones depresivas, las pesadillas, la regresión a estadios evolutivos anteriores o la somatización. Sin embargo, estos síntomas disminuyen con el tiempo y con la ayuda de l familia hasta su superación, que se estima al cabo de dos o tres años de la pérdida. Hay casos en los que estas reacciones pueden prolongarse más de lo debido y no disminuyen en intensidad; cuando es así, se aconseja buscar ayuda psicológica. También la angustia, el estrés y la depresión del otro progenitor pueden impactar de forma directa en el hijo en influir en su desarrollo.

FUENTE | El manual de Supernanny, Ed: El Pais, 2007

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