jueves, 23 de abril de 2015

REPORTAJE | Las armas de los hombres de la Prehistoria


Mucho ha llovido desde que el hombre utilizaba herramientas y utensilios que nada tienen que ver con las tablets y los teléfonos móviles de hoy en día. En nuestro reportaje mensual vamos a hacer un repaso a esas armas y herramientas curiosas que los hombres de la Prehistoria utilizaban en su día a día.

El uso de herramientas y armas prehistóricas inició en el momento en que un humano tomó una roca y la usó para abrir a golpes una nuez o la arrojó hacia un animal o hacia otro humano. Usando sólo unas cuantas herramientas rudimentarias hechas con los materiales disponibles, los antiguos humanos se las arreglaron para crear armas como el garrote, la lanza, la flecha y el hacha. Estas herramientas y armas antiguas pueden capturar, matar o cortar cualquier pieza de caza o servir como herramientas constructivas para decorar las pieles, construir una vivienda o limpiar la tierra.

Comenzamos con el arma más básica de todas, la piedra. Fue posiblemente el primer arma que tuvo el hombre. Se trata de una herramienta que al principio le dieron una utilización que hoy día le dan muchos animales: abrir conchas, romper frutos de cáscara dura, quebrar huesos... De aquí a sostener una piedra como arma primitiva tan sólo había un paso y de ahí al descubrimiento de otros utensilios, menos aún.

Es obvio que todas estas son conjeturas ya que resulta casi imposible poder demostrar con las pruebas existentes que esto fue exactamente de esta manera; existen prehistoriadores que descartan la teoría de la natural predisposición del hombre con la violencia. 

La piedra sin labrar era el arma más básica, utilizada para cortar carne u otros elementos y con un mecanismo básico.


El hacha de mano se sujetaba obviamente con la mano. Estaba fabricada en sílex, un material duro pero fácil de labrar, al igual que la anterior la utilizaban para cortar carne. 

Los primeros pasos en la talla del silex estuvieron encaminados hacia la consecución del desbastado con la intención de fabricar un hacha, por eliminación de las partes sobrantes. En un principio, el hacha era llevada en la mano, “hacha de mano”, generalmente con forma de lágrima, luego, con el correr de las experiencias se le añadió un mango sujeto a la piedra tallada.



Esto dio lugar a un arma más eficaz, pues la persona que la utilizaba podía conferir un mayor impulso y, por consiguiente, asestar un golpe más fuerte, haciendo girar el arma en un arco mayor.



Con el tiempo los hombres descubrieron también que los trozos de silex procedentes del desbaste de la pieza central eran también útiles, sino más que el hacha. Estos restos podían ser convertidos en puntas de flechas, de lanzas, cuchillos y, finalmente espadas primitivas.



Hasta entonces, las lanzas habían sido simples palos afilados, cuyas puntas se endurecían, como dijimos anteriormente, calentándola al fuego. El uso del sílex mejoro mucho la lanza: la punta era mas dura y afilada y, por lo tanto, más eficaz y duradera a la hora de cobrar una victima. Parte de su superficie estaba provista de púas.

El hombre no creía poder igualar la fuerza de los animales más grandes, o la velocidad de muchas especies más pequeñas. Necesitaba algún otro método, aparte de sus propios músculos, relativamente poco potentes, para disparar proyectiles que le sirvieron como arma. El hombre no creía poder igualar la fuerza de los animales más grandes, o la velocidad de muchas especies más pequeñas. Necesitaba algún otro método, aparte de sus propios músculos, relativamente poco potentes, para disparar proyectiles que le sirvieron como arma.



La solución estaba en la energía mecánica, lo que constituyó una revolución tan grande en el armamento como el descubrimiento de la capacidad ofensiva de la piedra.



La primera ayuda mecánica de la que se valió el hombre fue el lanzador, que aún se usa entre los aborígenes australianos.

Consiste en un trozo de madera con una hendidura en la que descansa la lanza, con un extremo posterior apoyado en un sólido bloque situado detrás de la hendidura; el hombre aferra el lanzador por la parte delantera y, cuando lanza el arma, el lanzador se convierte en una extensión de su brazo, con lo que, consecuentemente, se imparte mayor aceleración al proyectil.

Luego vino el arco. Al principio era un simple trozo de madera flexible doblado mediante un pedazo de tripa atado a ambos extremos: un arma muy simple, pero que podía disparar lo que en realidad era una lanza en miniatura a muchas veces la distancia que un hombre podía alcanzar con una lanza propiamente dicha, incluso con la ayuda de un lanzador.



Otra arma creada durante este periodo fue la honda. Esta se basaba en el mismo principio que el lanzador, pero enviaba un proyectil más pequeño, una piedra o un guijarro, a una velocidad mucho mayor, lo que daba a ese proyectil el mismo poder de impacto que otras armas más grandes pero más lentas.



Los siguientes milenios de la edad de piedra, hasta el advenimiento de la Edad de Bronce en el área del Mediterráneo, hacia el año 3.500 a.C., no produjeron novedades de importancia en lo que a armamento se refiere, pero fueron testigos de la mejora gradual de las armas ya existentes.

En ciertas localidades, en las que la presencia de algún material concreto favorecía un uso especial del mismo, aparecieron nuevas armas, tales como la cerbatana; pero en general, el desarrollo del armamento en el resto del mundo se basaba en el perfeccionamiento del arte de la talla del sílex.



La introducción del pulimentado y la abrasión hicieron posible eliminar los bordes y aristas de las rocas de sílex, aquellas superficies irregulares que tan a menudo producían roturas; mientras que los agujeros practicados en las cabezas de las hachas de sílex le permitían al guerrero introducir el mango dentro de la misma en lugar de sujetarla mediante ataduras.



Surgió la espada primitiva bajo la forma de un trozo de madera plano con una hilera de pequeños y puntiagudos trozos de silex a lo largo de sus bordes, pero se trataba de un arma poco satisfactoria que iba a ser totalmente revitalizada con la introducción del bronce.



Hacia el año 3500 a.C. se produjo el adelanto más importante que hasta el momento se había dado en el desarrollo de las armas y herramientas: el hombre descubrió cómo trabajar el cobre.

Los metales eran conocidos desde hacía tiempo, especialmente el oro y la plata; pero eran tan blandos que no podían servir para propósitos guerreros. Aproximadamente hacia el año 4000 a.C. ya habían aparecido los primeros instrumentos de cobre, pero, a menudo, eran objetos rudimentarios y reducidos que sólo servían para fines decorativos, pues el metal puro en estado puro en estado natural era escaso y el hombre carecía de métodos para trabajarlo, excepto calentándolo y golpeándolo para que adquiriera forma.



Aunque este procedimiento tenía el efecto, muy importante, de endurecer el metal, el resultado seguía siendo insuficiente y no podía servir para ningún propósito práctico excepto para la fabricación de pequeños objetos tales como anzuelos, agujas y broches.



Un desarrollo más importante representó la invención de la fundición, proceso por el cual el metal es separado, cuando se halla fundido, de su mineral. Gracias a este proceso se pudo obtener mucha más cantidad de cobre. La fundición produjo cobre lo suficientemente puro y abundante como para permitir en los pueblos del Nilo, y luego los de los valles del Tigris y el Éufrates, crearan las primeras civilizaciones basadas en torno al empleo de este metal.




Pero el cobre seguía siendo un metal muy maleable incluso después de haber sido endurecido por el martilleo, así que las únicas armas de cobre producidas fueron las dagas, que tenían hojas anchas, triangulares, para contrarrestar la debilidad del metal.




Las armas mayores hechas con cobre no eran prácticas, pues apenas si habrían podido resistir su propio peso sin doblarse. A medida que aumentaba la habilidad en el trabajo del cobre se fue extendiendo el empleo de este metal en la fabricación de armas.



Las dagas fueron mejoradas estrechando la hoja y endureciéndolas mediante nervios insertados en cada uno de los lados de la misma, al tiempo que se fundían toscas cabezas de hacha y flecha, que luego eran terminadas a martillazos.



Al mismo tiempo que se producían estas mejoras en el armamento, tuvo lugar un gradual en la organización de los ejércitos. La guerra primitiva era por lo general un combate entre individuos y grupos que estaban personalmente implicados en una disputa, pero las civilizaciones del Nilo y de los valles mesopotámicos dieron un paso adelante.

Eran capaces de obtener los suficientes alimentos en sus fértiles tierras como para mantener, cuando surgía la necesidad, una clase adicional de guerreros, exclusivamente dedicados a este menester. Estos hombres estaban equipados de un modo homogéneo y formaban grupos de lanceros, arqueros y honderos, y luchaban en pro de la comunidad.

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